Descansa en tu propia piel
Cuenta Esopo que un grajo hinchado de vana soberbia cogió unas plumas que se le habían caído a un pavo real y se adornó con ellas. Viendose de inmemorable aspecto, se creyó mejor que los suyos, los despreció y trató de mezclarse con el hermoso grupo de los pavos. Al cabo de poco tiempo las plumas se le fueron desprendiendo, y los pavos al reconocer su aspecto le hicieron huir a picotazos. El grajo, malherido y triste pensó en volver con sus antiguos compañeros, pero fue acogido con frialdad por ellos y tuvo que soportar una triste reprimenda:
“Si hubieras estado contento con nosotros y hubieras querido disfrutar de aquello que te dio la naturaleza, ahora no te verías en este estado tan lamentable, ni te sentirías rechazado por todos, amigos y enemigos".
La moraleja, concluye Esopo, es que uno ha de acostumbrarse a vivir con su propio aspecto y aconseja una máxima clásica: in propia pelle quiesce, es decir, descansa en tu propia piel.
“Si hubieras estado contento con nosotros y hubieras querido disfrutar de aquello que te dio la naturaleza, ahora no te verías en este estado tan lamentable, ni te sentirías rechazado por todos, amigos y enemigos".
La moraleja, concluye Esopo, es que uno ha de acostumbrarse a vivir con su propio aspecto y aconseja una máxima clásica: in propia pelle quiesce, es decir, descansa en tu propia piel.

