La trivialidad
Una de las consecuencias del "desencanto" del mundo, necesaria operación de la maquinaria para subordinar todo misterio a su recta directriz, es la perdida de valor, de sentido vital en la existencia. Todo lo que sea ajeno al correcto funcionamiento del engranaje se convierte en trivial, innecesario para la existencia. En otro tiempo los poetas afirmaban que había que luchar contra esa fuerza que tendía a robar al ideal, aspiración fundamental del ser humano, su potencialidad de existir. Baudelaire, el primero de los poetas malditos, lo define como el "spleen". Termino que venía a traducir el taedio vitae de los antiguos, la melancolia que ahora se define como depresión psiquiatríca.
Cuando el cielo bajo y grávido pesa como una losa
sobre el gimiente espíritu presa de largos tedios,
y el horizonte abarcando todo el círculo
nos depara un día negro más triste que las noches;
cuando la tierra se ha convertido en un húmedo calabozo,
donde la Esperanza, como un murciélago,
va dando golpes contra las paredes con sus tímidas alas
y chocando la cabeza con los techos podridos;
cuando la lluvia esparciendo sus inmensos regueros
imita los barrotes de una vasta prisión
y un pueblo silencioso de infames arañas
viene a tender sus trampas en el fondo de nuestros cerebros,
Saltan repentinamente furiosas campanas
y lanzan al cielo un aullido espantoso,
como los espíritus errantes y sin patria
que se ponen a gemir con porfía.
Y grandes coches fúnebres, sin tambores ni música,
desfilan lentamente en mi alma; la Esperanza,
vencida, llora, y la Angustia atroz, despótica,
sobre mi cráneo inclinado enarbola su negro estandarte.
Charles Baudelaire
Spleen (LXXVIII)
Las flores del mal
sobre el gimiente espíritu presa de largos tedios,
y el horizonte abarcando todo el círculo
nos depara un día negro más triste que las noches;
cuando la tierra se ha convertido en un húmedo calabozo,
donde la Esperanza, como un murciélago,
va dando golpes contra las paredes con sus tímidas alas
y chocando la cabeza con los techos podridos;
cuando la lluvia esparciendo sus inmensos regueros
imita los barrotes de una vasta prisión
y un pueblo silencioso de infames arañas
viene a tender sus trampas en el fondo de nuestros cerebros,
Saltan repentinamente furiosas campanas
y lanzan al cielo un aullido espantoso,
como los espíritus errantes y sin patria
que se ponen a gemir con porfía.
Y grandes coches fúnebres, sin tambores ni música,
desfilan lentamente en mi alma; la Esperanza,
vencida, llora, y la Angustia atroz, despótica,
sobre mi cráneo inclinado enarbola su negro estandarte.
Charles Baudelaire
Spleen (LXXVIII)
Las flores del mal

